El miedo a decepcionar a los demás

Todos sentimos la necesidad de ser aceptados y reconocidos. Ahora, no podemos pagar cualquier precio por cumplir con las expectativas de los demás..

Piensa por un momento en tus decisiones vitales: el lugar donde vives, el trabajo que desempeñas o la situación sentimental que mantienes. ¿Cómo has llegado hasta donde estás? De forma ideal, habrás escuchado tus necesidades, tus deseos y tus preferencias a la hora de elegir tu camino. Sin embargo, muchas personas terminan construyendo su realidad en función de lo que otros esperan de ellos. Y es que el miedo a decepcionar es más fuerte de lo que pensamos.

Seguramente conoces a alguien que quería ser artista y terminó estudiando finanzas, a una persona que permanece en una relación de pareja solo por el miedo al cambio. Puede, incluso, que tú mismo te veas obligado a dedicar tiempo a actividades y personas que no te nutren ni te apetecen. ¿Por qué vamos en contra de nuestra propia esencia? Esto es lo que exploraremos a continuación.



¿Qué hay detrás del miedo a decepcionar?

Si te has sentido identificado con alguna de las situaciones anteriores, has de saber que son comunes. En realidad no nos hemos vuelto locos ni somos masoquistas, existen razones de peso que nos llevan a querer complacer a los otros. Identificar esas causas puede ayudarnos a alcanzar esa libertad que durante años nos hemos negado.

Culpa

La culpa es una emoción muy poderosa, que puede terminar dirigiendo nuestra vida si no aprendemos a gestionarla. Esta se manifiesta en las relaciones familiares, donde podemos llegar a sentir que estamos en deuda con el clan. Nuestros padres nos dieron la vida, nos alimentaron, cuidaron y acompañaron; por ello, podemos sentir que tienen potestad infinita sobre nosotros.

Ir en contra de sus deseos al elegir una carrera, escoger una pareja o simplemente hacer un viaje en lugar de visitarles son acciones que pueden ser interpretadas como una muestra de deslealtadNadie quiere sentir que es una persona ingrata o egoísta, y en nuestro afán por saldar la deuda terminamos hipotecando nuestra existencia.

Vergüenza

La vergüenza es, junto con la culpa, una de las emociones autoconscientes. Se llaman así porque su propósito es permitirnos desarrollar un sentido del yo y vivir en sociedad teniendo presentes las reacciones de los demás hacia nosotros. El problema aparece cuando, lejos de cumplir este fin bajo nuestro control, terminan siendo las directoras de nuestra vida.

En este caso, la vergüenza puede aparecer al sentir que no respondemos a las expectativas de los demás. Si me consideran inteligente, me aterrará fracasar. Si esperan de mí que tenga una vida estable, será complicado que me atreva a cambiar de empleo. Y si mi entorno dicta que formar una familia es el único camino válido, me sentiré avergonzado hasta que logre cumplir ese mandato.

Miedo

Por último, el miedo a decepcionar suele esconder un latente miedo al abandono. Este se gesta durante la infancia, cuando somos totalmente dependientes de los adultos y asumimos que hemos de complacerles para que no nos retiren su afecto y se marchen, pues literalmente nuestra supervivencia depende de ello.

Muchos adultos continúan arrastrando esta creencia irracional; sienten un miedo muy intenso a no alcanzar el horizonte que otros han dibujado para ellos; ya sean familiares, amigos, pareja o compañeros de trabajo. Decir “no” implica arriesgarse a molestar al otro y esto resulta intolerable. Por ello, no dudan en abandonarse a sí mismos con el objetivo de minimizar el riesgo de que otros les abandonen.

¿Cómo vencer el miedo a decepcionar a los demás?

Como ves, el miedo a decepcionar no surge de la nada, sino que se ha ido forjando a lo largo de nuestra historia como un elemento evolutivo. Al vivir en sociedad, manejar las relaciones sociales es fundamental para mantener poblado nuestro círculo de apoyo. Sin embargo, podemos reeducarnos a este respecto para vencer el miedo.

En primer lugar, reflexiona sobre tus obligaciones reales. Las relaciones nos hacen crecer cuando podemos sentirnos libres en ellas. Libres para cambiar, libres para permanecer, libres para hablar, libres para compartir y, también, libres para poner límites.

Aunque las relaciones sociales son necesarias y beneficiosas, paradójicamente estas se vuelven más sanas y constructivas cuando aprendemos a poner límites. Así, ten en cuenta que respetar, amar y honrar a los demás nunca pasará por abandonarte o ignorarte a ti mismo.

En segundo lugar, es importante que te preguntes qué quieres para ti. Los demás pueden darte pistas de cuáles son tus cualidades o tus puntos más débiles, pero la última palabra sobre tus decisiones la tienes tú. En este sentido, a la larga, es mucho menos dañina la disonancia con las expectativas de los demás que la disonancia con lo que realmente te hubiera gustado haber elegido.

Elena Sanz

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