Así es como su cerebro crea su mente

¿Qué es la mente? Es una pregunta extraña, tal vez, pero si se insiste, se podría describir como la parte de una persona que la hace ser quien es: la conciencia, los sueños, las emociones y los recuerdos. Durante mucho tiempo, los científicos creyeron que esos aspectos de la mente tenían ubicaciones específicas en el cerebro, como un área para el miedo, una región para la memoria, etcétera.

Pero, en los últimos años, hemos aprendido que el cerebro humano es en realidad un maestro del engaño, y nuestras experiencias y acciones no revelan su funcionamiento interno. En realidad, la mente es una construcción continua del cerebro, del cuerpo y del mundo circundante.

En cada momento, cuando vemos, pensamos, sentimos y navegamos por el mundo que nos rodea, nuestra percepción de todas estas cosas se construye a partir de tres ingredientes. En primer lugar, están las señales que recibimos del mundo exterior, llamadas datos sensoriales. Las ondas de luz entran en nuestras retinas para poder experimentarlas como los jardines florecientes y cielos estrellados. Los cambios de presión llegan a la cóclea y a la piel y se convierten en las voces y abrazos de nuestros seres queridos. Los productos químicos entran por la nariz y por la boca y se transforman en dulzura y en especias.

Un segundo ingrediente de nuestra experiencia son los datos sensoriales de lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo, como la sangre corriendo por las venas y arterias, los pulmones expandiéndose y contrayéndose, y el estómago gorgoteando. Gran parte de esta sinfonía es silenciosa y ocurre lejos de nuestra conciencia (afortunadamente). Si pudiéramos sentir todos los tirones y retumbos internos directamente, nunca prestaríamos atención a nada más allá de la piel.

Finalmente, el tercer ingrediente es la experiencia pasada. Sin ella, los datos sensoriales de fuera y de dentro serían ruido sin sentido. Sería como un bombardeo de sonidos de un idioma que no hablamos, y ni siquiera sabríamos dónde termina una palabra y comienza la siguiente. El cerebro utiliza lo que hemos visto, hecho y aprendido en el pasado para explicar los datos sensoriales del presente, planificar la próxima acción y predecir lo que vendrá después. Todo esto ocurre de forma automática e invisible, más rápidamente que un chasquido de dedos.

Es posible que estos tres ingredientes no lo sean todo y que existan otras vías para crear otros tipos de mentes, por ejemplo, en una máquina futurista. Pero una mente humana está construida por un cerebro en constante conversación, en cada momento único, entre el cuerpo y el mundo exterior.

Cuando el cerebro hace memoria, recrea fragmentos del pasado y los combina fácilmente. A este proceso lo llamamos «recordar», pero en realidad es un montaje. De hecho, el cerebro puede construir el mismo recuerdo (o, más exactamente, lo que experimenta una persona como el mismo recuerdo) cada vez de diferentes maneras. No me refiero a la experiencia consciente de recordar algo, como la cara del mejor amigo o la cena de ayer, sino al proceso automático e inconsciente de mirar un objeto o una palabra y saber al instante qué es.

Cualquier reconocimiento es una construcción. No vemos con los ojos, sino con el cerebro. Lo mismo ocurre con los demás sentidos. El cerebro compara los datos sensoriales que le llegan con otras cosas que hemos sentido antes en una situación similar en la que teníamos un objetivo parecido. Estas comparaciones incorporan todos los sentidos a la vez, porque el cerebro construye todas las sensaciones a la vez y las representa como grandes patrones de actividad neuronal que nos permiten experimentar y comprender el mundo que nos rodea.

El cerebro también tiene una capacidad asombrosa para combinar fragmentos del pasado de nuevas maneras. No se limita a recuperar el contenido antiguo, sino genera otro nuevo. Por ejemplo, podemos reconocer cosas que nunca antes habíamos visto, como la imagen de un caballo con alas de plumas. Probablemente nunca hayamos visto a Pegaso en la vida real, pero al igual que los antiguos griegos, podemos ver un cuadro de Pegaso por primera vez y comprender instantáneamente lo que es, porque, milagrosamente, el cerebro puede ensamblar ideas familiares como «caballo» y «pájaro» y «vuelo» en una imagen mental coherente.

El cerebro puede incluso imponer a un objeto familiar nuevas funciones que no forman parte de su naturaleza física. Mire la fotografía en la imagen 1. Hoy en día, los ordenadores pueden usar aprendizaje automático para clasificar fácilmente este objeto como una pluma. Pero eso no es lo que hacen los cerebros humanos. Si alguien encuentra este objeto en el suelo del bosque, seguro que es una pluma. Pero para un escritor del siglo XVIII, es una pluma para escribir. Para un guerrero de la tribu Cheyenne, es un símbolo de honor. Para un niño que juega ser un agente secreto, es un práctico bigote falso. El cerebro clasifica los objetos no solo sobre la base de sus atributos físicos, sino también por su función: cómo se usa el objeto. El cerebro pasa por este proceso cada vez que miramos un trozo de papel con la cara de un líder muerto y vemos dinero que se puede cambiar por bienes materiales.

Esta increíble habilidad se denomina construcción de categorías ad hoc. En un instante, el cerebro emplea la experiencia pasada para construir una categoría como «símbolos de honor», con esa pluma como una parte de ella. La pertenencia a una categoría no se basa en las similitudes físicas, sino en las funcionales: cómo usaríamos el objeto en una situación específica. Estas categorías se denominan abstractas. Un ordenador no puede «reconocer» una pluma como recompensa por la valentía porque esa información no está en la pluma. Es una categoría abstracta construida en el cerebro del perceptor.

Los ordenadores no pueden hacer esto. Aún no, por lo menos. Pueden asignar objetos a las categorías preexistentes a partir de ejemplos anteriores (el proceso denominado aprendizaje automático supervisado) y pueden agrupar objetos en nuevas categorías basadas en las características predefinidas, generalmente físicas (aprendizaje automático no supervisado). Pero las máquinas no construyen sobre la marcha las categorías abstractas como «vello facial para juego de espías». Y desde luego que no lo hacen tantas veces por segundo para comprender y actuar en un mundo social enormemente complejo.

Así como nuestra memoria es una construcción, también lo son los sentidos. Todo lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos y sentimos es el resultado de una combinación de cosas de dentro y de fuera de nuestra cabeza. Cuando vemos un diente de león, por ejemplo, detectamos sus características como el tallo largo, pétalos amarillos y su textura suave y blanda. Estas características se reflejan en la transmisión de los datos sensoriales. Otras características son más abstractas, como si el diente de león es una flor para ponerla en un ramo o maleza que hay que arrancar del suelo.



El cerebro también tiene que decidir qué datos sensoriales son relevantes y cuáles no, separando la señal del ruido. Los economistas y otros científicos se refieren a esta decisión como el problema del «valor».

El valor en sí mismo es otra característica construida abstracta. No es intrínseco a los datos sensoriales que surgen del mundo, por lo que no es detectable. El valor es una característica de esa información en relación con el estado del organismo que está sintiendo: usted. La importancia del valor se ve mejor en un contexto ecológico. Digamos que usted es un animal que pasea por el bosque y ve una forma borrosa a lo lejos. ¿Tendrá valor para usted como alimento o puede ignorarlo? ¿Vale la pena gastar energía para atraparlo? La respuesta depende en parte del estado de su cuerpo: si no tiene hambre, esa forma borrosa tiene menos valor. También depende de si el cerebro predice que esa forma le quiere comer a usted.

Muchos seres humanos no buscan comida de forma regular, salvo en los mercados. Pero el mismo proceso de estimación de valor se aplica a todo lo que hacemos en la vida. ¿La persona que se nos acerca es amiga o enemiga? ¿Vale la pena ver esa nueva película? ¿Deberíamos trabajar una hora más o recorrer los bares con los amigos, o quizás simplemente ir a dormir? Cada alternativa es un plan de acción y cada plan es en sí mismo una estimación del valor.

El mismo circuito cerebral involucrado en la estimación del valor también nos da nuestro sentido más básico de sentimientos, que usted conoce como su estado de ánimo y que los científicos llaman afecto. Los sentimientos afectivos son simples: sentirse a gusto, molesto, nervioso, tranquilo. Los sentimientos afectivos no son emociones. (Las emociones son construcciones de categorías más complejas). El afecto es solo un resumen rápido de las creencias del cerebro sobre el estado metabólico del cuerpo, como una lectura de barómetro. La gente confía en su afecto para indicar si algo es relevante para ellos o no, es decir, si tiene valor o no. Por ejemplo, si cree que este artículo es absolutamente brillante, o que su autora está loca, o incluso si ha gastado energía para leerlo hasta aquí, entonces esto tiene valor para usted.

Los cerebros evolucionaron para controlar los cuerpos. A lo largo de la historia evolutiva, muchos animales desarrollaron cuerpos más grandes con sistemas internos complejos que necesitaban coordinación y control. El cerebro es como un centro de mando para integrar y coordinar esos sistemas. Transporta los recursos necesarios como agua, sal, glucosa y oxígeno donde y cuando se necesitan. Esta regulación se llama alostasis e implica anticipar las necesidades del cuerpo e intentar satisfacerlas antes de que surjan. Si su cerebro hace bien su trabajo, a través de la alostasis, los sistemas de su cuerpo obtienen lo que necesitan la mayor parte del tiempo.

Para lograr este crítico acto de equilibrio metabólico, el cerebro mantiene un modelo de nuestro cuerpo en el mundo. El modelo incluye algunas cosas conscientes, como lo que vemos, pensamos y sentimos;  acciones que realizamos sin pensar, como caminar; y otras cosas inconscientes fuera de nuestra conciencia. Por ejemplo, el cerebro modela la temperatura de nuestro cuerpo. Este modelo gobierna nuestra conciencia de tener calor o frío, algunos actos automáticos como caminar por la sombra y otros procesos inconscientes como cambiar el flujo sanguíneo y abrir los poros. En todo momento, el cerebro adivina (sobre la base de la experiencia pasada y los datos sensoriales) lo que podría ocurrir a continuación dentro y fuera del cuerpo, mueve los recursos de un lado a otro, lanza las acciones, crea las sensaciones y actualiza su modelo.

Este modelo es la mente y la alostasis es su núcleo. Nuestro cerebro no evolucionó para pensar, sentir y ver. Evolucionó para regular el cuerpo. Nuestros pensamientos, sentimientos, sentidos y otras capacidades mentales son consecuencias de esa regulación.

Dado que la alostasis es fundamental para todo lo que hacemos y sentimos, imagínense lo que sucedería si no tuviéramos cuerpo. Un cerebro nacido en una cubeta no tendría los sistemas corporales que regular. No tendría sensaciones corporales a las dar sentido. No podría construir valor ni afecto. Por lo tanto, un cerebro incorpóreo no tendría mente. No estoy diciendo que una mente requiera un cuerpo real de carne y hueso, sino estoy sugiriendo que requiere algo como un cuerpo, lleno de sistemas para coordinarse de manera eficiente en un mundo en constante cambio. El cuerpo es parte de la mente, no de una manera metafórica y delicada, sino de una forma muy real del cableado cerebral.

Nuestros pensamientos y sueños, nuestras emociones, incluso nuestra experiencia en este momento mientras leemos estas palabras, son consecuencias de una misión central de mantenernos con vida, regulando el cuerpo construyendo las categorías ad hoc. Lo más probable es que no experimentemos nuestra mente de esta manera, pero debajo del capó (dentro del cráneo), eso es lo que está pasando.

Lisa Feldman Barrett

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