Diferencia entre autoconcepto y autoestima

Aunque en apariencia puedan parecer sinónimos, estos dos conceptos pueden ayudarnos a conocernos mejor. En este artículo hablaremos de sus diferencias e implicaciones.

Distinguir entre autoestima y autoconcepto no es sencillo. Si bien estamos hablando de conceptos diferentes, muchas veces se emplean de manera indistinta en el lenguaje cotidiano.

Tanto la autoestima como el autoconcepto condicionan nuestros pensamientos sobre el yo; esta es una de las características que hace compleja la labor de diferenciarlos. En este artículo vamos a explorar estos dos términos y a tratar de comprender su utilidad para conectarnos con nuestra manera de vernos.

Autoconcepto: la imagen que tenemos de nosotros mismos

Cuando hablamos de autoconcepto, estamos haciendo referencia al conjunto de información, es decir, ideas, creencias, conceptos que hemos recopilado sobre nosotros. Así, el autoconcepto remite a la forma en la que cognitivamente hemos construido una imagen de nosotros y de la que podemos dar cuenta verbalmente.

Dicho de otra forma, el autoconcepto remite a nuestras autopercepciones, las mismas que hemos ido formando a partir de nuestra experiencia y las interacciones con otras personas y con nuestro entorno. El autoconcepto se caracteriza por ser organizado y estructurado, y por aglutinar distintas dimensiones.

La forma en la que se organiza el autoconcepto le da una naturaleza global y parcialmente estable. Al mismo tiempo, contamos con autoconceptos diferenciados y variables en distintas dimensiones vitales, como la académica, la laboral, la social o la afectiva.

Por ejemplo, podemos decir que, en general, somos personas responsables o discretas o descuidadas. Sin embargo, cuando se nos pregunta por aspectos específicos de nuestra vida, podemos decir que somos muy hábiles para las matemáticas, que somos puntuales en nuestro trabajo o que en ocasiones podemos ser negligentes con algunas tareas.

Podríamos afirmar entonces que el autoconcepto remite a una comprensión racional del yo, tiene un componente predominantemente descriptivo y puede fácilmente expresarse con palabras. Estas características hacen que el autoconcepto pueda ser modificado a través de procesos de reestructuración cognitiva y de interpretaciones objetivas sobre la propia experiencia.



Autoestima: ¿de qué modo valoro a la persona que soy?

La omnipresencia del término autoestima dificulta su definición. Básicamente, es un concepto que se refiere a cómo emitimos juicios sobre nosotros mismos.

Estos juicios tienen un carácter valorativo y muchas veces surgen a partir de la comparación que hacemos entre nosotros y un “yo ideal” que nos gustaría alcanzar. La cercanía o la distancia que percibamos entre ese ideal, muchas veces construido a partir de estándares compartidos socialmente, como un cuerpo hegemónico o riqueza material, incidirá en cómo estableceremos juicios sobre nosotros, e indirectamente en cómo nos sentimos.

Pensemos que las valoraciones que podemos hacer sobre nosotros pueden ser tanto positivas como negativas. Estas valoraciones son subjetivas y tienen su base en la emocionalidad. Tienen mucho que ver con cómo nos sentimos y al mismo tiempo condicionan cómo nos sentimos.

Esta relación con nuestro universo emocional hace que, a diferencia del autoconcepto, sea muy difícil dar cuenta de la autoestima con palabras e intervenir voluntariamente sobre ella. Podemos intentar explicar nuestros sentimientos, pero siempre habrá algo en nuestro mundo emocional que se quede en la dimensión de lo inefable.

Autoconcepto y autoestima: ¿por qué es tan difícil diferenciarlas?

En el recorrido de la autoestima y el autoconcepto como constructos teóricos han sido varias las dificultades para distinguirlos y delimitarlos.

Por una parte, han sido conceptos con un área de intersección, y que, incluso para algunos autores son indisociables, al menos en la medida en que la autoestima puede considerarse como parte constitutiva del autoconcepto. Es decir, la autodescripción no podría separarse de la autovaloración, pues en el acto de emitir un concepto sobre nosotros ya estaría implícita una acción valorativa que nos lleva a jerarquizar unos criterios sobre otros.

Por otra parte, el uso cotidiano de estos términos hace que muchas veces se conviertan en sinónimos y, teniendo en cuenta la estrecha relación que guardan, no es sorprendente que ocurra. Es importante que tengamos en cuenta que ambos conceptos están ligados con la forma en la que nos vemos a nosotros mismos y, al mismo tiempo, con las formas en las que nos gustaría ser vistos socialmente.

No son conceptos que remitan solo a fenómenos de nuestra vida psíquica, sino que se ven reflejados en nuestros comportamientos cotidianos, en aquello que expresamos sobre nosotros y en las expectativas acerca de cómo nos gustaría ser tratados.

Tener claridad sobre estos conceptos y su relación nos permitirá trabajar sobre nuestro autoconocimiento, hacernos conscientes de la importancia de ser justos en la forma en la que nos evaluamos y tratarnos de formas cada vez más respetuosas y amables.

Helena Sutachan

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