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La creadora de ChatGPT está pagando una fortuna a los medios de comunicación: puede ser un salvavidas o una bomba de relojería

La creadora de ChatGPT está pagando una fortuna a los medios de comunicación: puede ser un salvavidas o una bomba de relojería

Ya habrás escuchado esto antes: una gran empresa tecnológica ofrece un salvavidas a empresas de medios en dificultades económicas. No sólo paga en efectivo, sino que promete ayudar a esas empresas a adaptarse a cambios radicales.

Y como es una historia que hemos escuchado antes, sabemos cómo terminará: las empresas de medios acabarán descubriendo una vez más que hicieron un mal negocio desde el principio. Y se arrepentirán de sus pactos con un gigante tecnológico al que no le importan sus negocios… en absoluto.

Ese es el argumento en contra de la serie de acuerdos que los medios han estado firmando con OpenAI de Sam Altman durante los últimos meses. Esos medios incluyen Vox Media (mi antiguo empleador), Axel Springer (propietario de Business Insider, mi actual empleador), News Corp. de Rupert Murdoch, la revista The Atlantic de Laurene Powell Jobs, o Prisa en España.

Los detalles de los acuerdos no se han hecho públicos, pero algunos de los editores de los medios que han participado han compartido conmigo que los acuerdos tienen por lo general la misma forma: OpenAI les ofrece millones de dólares durante el transcurso del acuerdo (generalmente de tres a cinco años) más algunos créditos para ayudarlos a construir y operar sus propios productos utilizando el software de OpenAI. Y los acuerdos incluyen promesas de presentar su contenido, junto con enlaces a sus sitios, en los productos de OpenAI.

A cambio, OpenAI obtiene derechos para utilizar esencialmente todo lo que esas empresas han publicado. Esto es en parte un acuerdo por el uso anterior que hizo OpenAI del contenido de los medios, que utilizó para construir los modelos que impulsan a la compañía de software. Y también es una licencia para incorporar material nuevo que crean los medios para que software de OpenAI como ChatGPT pueda proporcionar respuestas a preguntas sobre cosas que están sucediendo ahora.

Nada de esto impresiona a Jessica Lessin, la periodista que fundó y dirige el medio de noticias tecnológicas The Information. El mes pasado expuso sus argumentos con contundencia en The Atlantic:

«Desde que he informado sobre las empresas de Internet,  he visto a los responsables de los medios de comunicación intentar adaptar sus negocios a la voluntad de Apple, Google, Meta y otros. En busca de la distribución y el dinero del sector tecnológico, las empresas de noticias cierran acuerdos para intentar superar la próxima ola digital y hacen concesiones a plataformas que intentan captar toda la audiencia (y la confianza) que atrae el periodismo, sin tener que hacer nunca el complicado y costoso trabajo del periodismo en sí».

También me preocupa que este sea otro momento al estilo de cuando Charlie Brown intenta darle una patada al balón de fútbol americano. Se me ocurrió preguntar a los responsables de los acuerdos, que conocen bien el historial de este tipo de pactos, por qué creen que esta vez es diferente. No tuvieron inconveniente en hacerlo, extraoficialmente.

Este es su argumento en pocas palabras:

¿Esos otros acuerdos que hicieron hace mucho tiempo? ¿Aquellos con empresas como Google y Apple y, más particularmente, Facebook? Han aprendido un par de lecciones de ellos.

Y lo más importante: esos acuerdos requirieron que los medios cambiaran de negocio: crear nuevos formatos, o hacer un tipo particular de video o historia que normalmente no harían, o hacer más de lo que normalmente harían. (El que recuerdo más vívidamente fue el incremento de videos en directo de Facebook, que pagaba a medios como The New York Times para que hicieran videos aburridos).

Pero los acuerdos de OpenAI, enfatizan los editores de medios, son acuerdos de licencia sencillos para cosas que ya se están fabricando. Nada a medida. «No cambia nuestra forma de trabajar«, dice uno de ellos.

Y ese es, con diferencia, el factor más común que se escucha cuando se habla con los editores sobre estos acuerdos. Es dinero gratis para un trabajo que se iba a realizar de todos modos.

Lo que significa, dicen, que al final de estos acuerdos, los medios no tendrán que arrepentirse de haber invertido en otro proyecto extinto de big tech.

Otra crítica a estos acuerdos es que los medios están vendiendo sus productos demasiado pronto o por muy poco, y que no sabrán cuál es el precio real de esos contenidos durante mucho tiempo. Otra variante de esto: ¿por qué vender esto ahora, cuando otros medios, en particular The New York Times, están demandando a OpenAI (y a Microsoft) por usar sus datos? ¿Por qué no esperar y ver cómo sale todo?

Las respuestas a ese argumento no son tan uniformes. Pero si las analizamos, podemos encontrar un factor común: no queremos, o no podemos, esperar a ver cómo sale esto.

Claro, me dicen los editores, estos acuerdos significan que no podemos demandar a OpenAI por quedarse con nuestro material. Pero, ¿qué sucede si los tribunales (o los legisladores) terminan socavando nuestra capacidad para hacerlo de todos modos? Es una moneda al aire y no sabemos cuándo sabremos los resultados.

Y mientras tanto, argumentan los editores, pueden seguir adelante y cerrar acuerdos similares con otras grandes empresas tecnológicas que quieran utilizar su material para sus propios motores de inteligencia artificial. Si sumamos todo eso, puede que ahora mismo esto suponga mucho dinero.

Pero lo que más me preocupa, como alguien que se gana la vida escribiendo, no es una repetición de los viejos acuerdos de Facebook/Apple/Google que los editores ahora lamentan, es la ligera variación de otros pactos que ya se hicieron: los acuerdos que todas las grandes productoras hicieron con Netflix a principios de la década de 2010.

Un recordatorio de cómo funcionaban: en aquel entonces, las grandes cadenas de televisión y estudios de cine estaban encantados de vender sus títulos antiguos a Netflix, que recién estaba comenzando en el negocio del streaming. La lógica: ya vendemos nuestros viejos contenidos, por lo que este es solo un nuevo socio comercial más y uno con una gran chequera. ¡Vendámosle tantos como podamos!

El problema, como las empresas audiovisuales se dieron cuenta demasiado tarde, era que estaban ayudando a Netflix a construir una versión mucho mejor de su propio negocio: ¿por qué ver una serie cuando se transmite por una cadena normal cuando puedes esperar un poco y verla en Netflix, cuando quieras, sin publicidad?

«Básicamente, le estamos vendiendo tecnología de armamento nuclear a un país del tercer mundo, y ahora la están usando contra nosotros», así lo resume el CEO de Disney, Bob Iger.

Con el tiempo, muchas de esas mismas empresas dejaron de vender su contenido a Netflix e intentaron utilizar esas películas y series para crear sus propias versiones de la plataforma, un esfuerzo que resultó carísimo y que probablemente llegó demasiado tarde. (Ahora, algunos de ellos vuelven a vender sus contenidos a Netflix porque necesitan todo el dinero que puedan conseguir).

Para mí, estos paralelismos parecen bastante amenazantes para los medios: ¿Qué sucede si los consumidores se acostumbran a obtener respuestas de ChatGPT u otros motores de inteligencia artificial y dejan de molestarse en visitar los sitios que generaron esas respuestas?

Algunos editores con los que he hablado creen que eso no sucederá: que los usuarios de ChatGPT querrán leer su trabajo porque es original y útil y porque ChatGPT no lo replicará en su totalidad.

Pero un editor con el que he hablado me ha dado una respuesta más deprimente, y quizás más realista, a mi pregunta «¿Qué pasa si les estamos ayudando a convertirse en Netflix?». A lo que me ha respondido que «Ya lo han hecho».

OpenAI y otras empresas de inteligencia artificial ya rastrearon las webs de los medios, ingirieron su contenido y lo utilizaron para entrenar sus modelos. Ese barco ya ha zarpado. Ahora solo queda aceptar esa realidad e intentar llegar al mejor acuerdo posible. Y si esa lógica suena menos triunfante y sombríamente realista, bienvenidos a los medios de 2024.

Peter Kafka, Alba Pinilla

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