«Me pillaron viendo porno»: las peores experiencias masculinas

Ser joven y mirar porno es una realidad indivisible, sobre todo si creciste pegado a un ordenador que tenía una conexión a internet semidecente. A no ser que en tu adolescencia fueras un ermitaño o un ‘hikikomori’ japonés, lo más seguro es que tus padres o compañeros de piso te pillaran en más de una ocasión con los pantalones bajados hasta los tobillos y dándole caña al asunto.

En su momento fue humillante y vergonzoso, y ya fuera porque tu padre descubrió el historial de navegación en el ordenador familiar o porque el perro decidió coger los kleenex con los que te habías limpiado y los esparció por toda la casa después de mordisquearlos, pero quizá ahora lo ves con otros ojos e incluso te hace gracia. Un grupo de hombres se han atrevido a contarnos esos momentos en los que pensaron ‘tierra, trágame’, pillados en el peor momento posible.

Hay que borrar el historial

No hacerlo es de novatos. Sin embargo, a Toni, de 25 años, no se le ocurrió hacerlo cuando era adolescente. «Por aquel entonces mi padre y yo compartíamos el ordenador, y un día descubrió que había buscado ‘tetas grandes’. Soy hijo único, así que no quedaba otra. Él intentó echarme la bronca, pero en realidad se notaba que se estaba riendo, se me podría haber ocurrido que era para un trabajo de biología del colegio, pero me quedé en blanco», explica.

Algo parecido le ocurrió a Marcos, de 33 años: «Todavía no había salido del armario, pero solía ver porno gay. Un día mi madre descubrió el historial y alucinó un poco. Lo bueno es que tengo una hermana, y cuando nos sentaron para interrogarnos todas las sospechas cayeron en ella. Luego con el paso de los años las piezas comenzaron a encajar, aunque por suerte no hemos vuelto a mencionarlo«.



Con las manos en la masa

«Yo he desarrollado una técnica perfecta e infalible», cuenta Mario, de 21 años. «Ha sido cuestión de supervivencia, después de vivir durante años con una madre que no avisa nunca de cuándo va a entrar en tu habitación. Me tapo con la manta y conservo la camiseta puesta, así que si me pillan digo que me he echado un rato que estoy cansado, sea la hora que sea».

«A mí no me han encontrado en ese percal pero porque solía hacerlo en el baño cuando era un adolescente», explica Roger, de 29 años. «En una ocasión escuché a mi madre contarle a una vecina lo preocupada que estaba porque yo me pasaba mucho tiempo en ese sitio de la casa, casi me muero de vergüenza, pero por lo menos nunca me pillaron con las manos en la masa», cuenta.

Percances tecnológicos

Tampoco viene mal saber un poco de tecnologías (nivel usuario, tampoco te creas), para evitar ser el centro de atención. «Esto me sucedió hace poco», cuenta Fernando, de 27 años. «Vinieron mis suegros a casa a comer y yo me suelo masturbar en la ducha mirando a veces el teléfono, que lo apoyo en el lavabo. Lo que no recordaba es que tenía el móvil conectado al altavoz Bluetooth del salón, así que se deleitaron con todos los sonidos que estaba escuchando yo».

«Lo mío fue en medio de una clase», cuenta Pedro, de 23 años. «Siempre me llevaba el ordenador a la facultad, la noche anterior había estado viendo cosas y se me olvidó cerrar el navegador, así que cuando lo encendí comenzaron a oírse gemidos inusuales. Lo cerré de golpe, pero tenía que quitar el navegador, así que volvió a salir cuando lo encendí de nuevo. Toda la clase lo escuchó dos veces, pero el profesor simplemente suspiró y murmuró: ‘Continuamos‘», concluye.

AUTOR: ADA NUÑO

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