En las últimas semanas, mientras Elon Musk se ha labrado un papel central en la Administración Trump, la gente ha huido en masa de X. Más de 250.000 usuarios borraron sus cuentas tras el día de las elecciones y más de un millón se unieron a Bluesky, el nuevo competidor de la plataforma. Al igual que los preocupados ciudadanos que amenazan con marcharse a Canadá o Europa, los antiguos usuarios de X se dirigen a lugares más prometedores.

No es el primer éxodo masivo del antiguo Twitter. Pero en esta ocasión hay muchos líderes de opinión. «Hemos tenido muchos escritores, políticos y artistas», afirma Emily Liu, ingeniera de software y portavoz de Bluesky. «Hemos tenido muchos Swifties«.

Pero, como sabe cualquiera que haya cargado un camión, el problema de las mudanzas es qué hacer con las cosas viejas. Las redes sociales van y vienen, y ninguna ha facilitado nunca –ni siquiera hecho posible– llevar tus viejos contenidos al nuevo lugar. Ni siquiera Bluesky, fundada en parte sobre la idea de que el contenido de un usuario le pertenece a él y no a la empresa, ofrece ese servicio.

Ahí es donde entran Nicolas Castellani y Amos da Silva Bezerra. Su startup brasileña, BlueArk, funciona básicamente como una empresa de mudanzas para expatriados de Twitter. Solo llevan un mes en el mercado, pero ya han ayudado a miles de personas a trasladar sus antiguos tuits de X a Bluesky: millones de mensajes que representan dos terabytes.

Castellani, ingeniero de software, y Bezerra, estudiante de comunicación, tuvieron la idea en septiembre, cuando X fue brevemente prohibido en su Brasil natal. La pareja había relatado su romance en la plataforma, y odiaban la idea de perder esos recuerdos cuando se mudaran a Bluesky. Así que idearon una forma de recuperar sus cuentas de X y exportar los tuits a la red social rival. Y gracias a la tecnología excepcionalmente abierta de Bluesky, los tuits conservarían sus fechas originales, aunque fueran anteriores a la inauguración de Bluesky en 2022. En otras palabras, Castellani y Bezerra podrían dar a Bluesky algo que no tenía: un pasado.

«Una de las cosas que realmente queríamos hacer es que pareciera que una persona, que todos nosotros, estábamos realmente en Bluesky todo el tiempo», afirma Bezerra. «No queremos fingir que Twitter no existe. Pero queremos dar la sensación de que llevas mucho tiempo en Bluesky».

La avalancha de gente que abandonó Twitter después de que Musk comprara la empresa creó un hueco para rivales como Bluesky, Mastodon y Threads. Pero mientras Mastodon parecía técnicamente difícil y Threads parecía un cebo para el engagement, Bluesky optó por crear una experiencia divertida y amigable. Su interfaz es similar a la de Twitter pero, a diferencia de X, es fácil adaptar la experiencia a tus necesidades y preferencias. Bloquea a alguien en Bluesky y es fulminante: ya no te ve, ni nada que se refiera a ti, y tú no lo ves.

Puedes impedir con carácter retroactivo que alguien enlace una de tus publicaciones en una de las suyas para evitar el tipo de campañas de acoso masivo que se han convertido en habituales en X. Y Bluesky ha prometido no utilizar nunca tus publicaciones para entrenar robots de inteligencia artificial, algo que acaba de permitir X al cambiar sus condiciones de servicio. En los últimos tres meses, Bluesky ha sumado 13 millones de usuarios y ya es la red social número uno en muchas tiendas de aplicaciones.

Bezerra y Castellani quieren sacar provecho del buen rollo de Bluesky. «Eso es lo que queremos vender», indica Castellani. Cuando la pareja empezó a salir, veían la serie de televisión The Good Place, y cuando fundaron BlueArk, descubrieron que mucha gente llamaba a X «the Bad Place» y a Bluesky «the Good Place». Ahora, dada la relación de Musk con Donald Trump, se apresuran a satisfacer la demanda: debido a la acumulación de solicitudes, están tardando casi dos semanas en completar los traslados.

Para mucha gente, la espera merece la pena. David Shiffman, biólogo marino, era un autoproclamado «usuario avanzado» de Twitter antes de que se convirtiera en lo que él considera un «pozo negro de fanatismo, pseudociencia y teoría de la conspiración». Así que Shiffman recurrió a BlueArk para trasladar sus 300.000 tuits a Bluesky. «Aproveché la oportunidad», afirma. «Es como un bote salvavidas que me permite sacar del barco que se hunde algunas de mis posesiones más preciadas».

El proceso en sí es sencillo. La página web de BlueArk te pide tu cuenta y contraseña de Bluesky y tu nombre de usuario de Twitter. A continuación, el equipo verifica tu identidad en ambos sitios. Cobran un poco por el rastreo de Twitter y por su tiempo; mover mis decenas de miles de tuits, que se remontan a 2009, costó unos 17 dólares (16,2 euros).

Desde un punto de vista técnico, esto solo es posible gracias a la tecnología abierta de Bluesky, diseñada para la «portabilidad de cuentas» en el futuro.

«Sabemos que mucha gente está importando sus antiguos mensajes, y eso nos entusiasma», afirma Liu.

Dicho esto, los desarrolladores de Bluesky también están atentos por si alguien intenta hacer trampas, por ejemplo, modificando un tuit antiguo para crear información falsa. No quieren que la gente implante recuerdos falsos en el nuevo ecosistema. De hecho, un desarrollador envió a Bluesky un ejemplo de lo que podría salir mal: un post falso de Bluesky con una marca de tiempo pirateada del 11 de septiembre de 2001. Decía así: «¡Espero que hoy no ocurra nada malo!»

Para ser sincero, me ha resultado un poco raro ver mis antiguos tuits en mi nueva casa. El otro día, alguien me dio un like de Bluesky a un tuit que escribí en 2013. Para solucionarlo (y para minimizar las posibilidades de manipulación de tuits antiguos), Bluesky tiene previsto etiquetar las publicaciones que se trasladen desde otras plataformas. «Estamos a punto de enviar una actualización para mostrar las publicaciones antiguas que se importan con una etiqueta de archivo», afirma Liu.

Para mí, aún queda un paso más. Cuando haya recuperado todos mis tuits antiguos en Bluesky, volveré a X y destruiré todo mi contenido. Mucha gente que está huyendo de X está configurando ese proceso para que ocurra automáticamente, para asegurarse de que sus palabras no son propiedad de una megacorporación multinacional vinculada a la nueva Administración Trump y dispuesta a alimentar a la bestia de la inteligencia artificial.

Es una hoguera agridulce. La eliminación de tu historial en Twitter también destripa las conversaciones de las que esos tuits formaban parte. Y, sin importar lo que pienses de Musk y X, eso es triste. Lo mejor de Twitter siempre fue el aspecto social de la red, la forma en que reunía a la gente de muchas maneras agradables e inesperadas. Cuando te vas, tu ausencia deja un hueco en las relaciones que dejaste atrás.

«La gente guarda cierto luto por la pérdida de las conversaciones, de lo que surgió en Twitter», explica Joe Bak-Coleman, investigador que estudia el comportamiento colectivo y las redes sociales. «Quizá sea una falsa creencia pensar que hay partes de internet que son permanentes».

No lo son. Como tantos otros, cojo mis tuits y salgo a buscar nuevos territorios. Por fin podemos llevarnos nuestras historias con nosotros. Pero internet seguirá adelante.

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